El “antes” y “después” de la imagen femenina: ¿Qué tanto ha cambiado?

Mi Bisabuela nació en 1906 y a los 14 años, siendo virgen todavía, se casó con un hombre mucho mayor. Ella misma me contó, que en esa época, las niñas y adolescentes salían a pasear a la plaza tomadas del brazo junto a sus amigas, mientras que los hombres acudían a verlas pasar en una especie de “vitrineo”, donde silbaban a la chica que les había parecido atractiva. Ellas, por su parte enrojecían como única señal de lo que les producía el sentirse “deseada”.

Mi bisabuela tuvo 12 hijos y para ella el acto sexual era simplemente una de las tantas tareas impuestas dentro del matrimonio, donde ser servicial, lavar la ropa, hacer la comida para una mesa que nunca se terminaba de recoger, eran cualidades dignas de una buena esposa. Para eso la prepararon, con clases en el colegio donde les enseñaban labores como bordar, coser y tejer. El panorama se repitió para muchas de igual manera a principios del 1900. Todo esto amparado por el contexto social de la época, donde los principios de la iglesia sobre el matrimonio y la familia eran pilares fundamentales.

Es así como el país veía a sus niñas transformarse en esposas sumisas y madres abnegadas. Todo parte de un culto a esa mujer que podía pasar sin problemas “la prueba de la blancura”.

Mucha agua bajo el puente ha pasado, en casi 120 años. Agua con inserción laboral femenina, agua con píldoras anticonceptivas, con píldoras del día después y agua que viene con una potente cuarta ola de feminismo. Y, si bien sí ha habido una evolución en materia de apertura sexual, que nos ha permitido a las mujeres ser más dueñas de nuestra sexualidad, esta supuesta libertad, está aún articulada por normas masculinas.

Según Christian Thomas, director del CESCH, el impacto que tiene la revista Playboy -que comenzando los años 60 llega también a este lado del mundo- se traduce en que cada dueña de casa pueda convertirse en una potencial conejita. O sea, permite el goce, pero a la vez nos cosifica. Junto con ello nos sigue acompañando la impresión general de que las mujeres estamos menos inclinadas al interés sexual. Que siempre nos “duele la cabeza”.

Si bien el impacto que la iglesia y la familia tiene en estos días es mucho menor del que tenía para mi abuela, tenemos instalado hoy un modelo que es muchísimo más represivo y devastador: El Mercado. Un mercado que es patriarcal y que tiene a todos los medios a su disposición, como resultado de la globalización. Un mercado que nos empuja a ser de cierta manera en el aspecto erótico, que nos bombardea con cremas, lencería, centros de belleza, medicamentos, cirugías estéticas, películas y un infinito etcétera.

Un modelo que nos obliga a pertenecer a este mundo comercial. El cuerpo femenino debe estar penetrado por el mercado, no sólo en sus formas estéticas, sino también en sus formas de expresión. En redes sociales, selfies y demases podemos ver cómo las niñas ya integran estas pautas a sus conductas. Un modelo que es despiadado, porque ataca principalmente a esa población, que es la más vulnerable. El erotismo en la mujer está cosificado, porque no es para nosotras, sino que está al servicio del uso sexual masculino. Las formas de expresión de nuestra sexualidad están en la tele. Se nos impone una forma de ser erótica que nos hace además, competir con nosotras mismas. El aumento de las cirugías íntimas femeninas que no son para corregir problemas funcionales ¿qué es?, ¿una manifestación espontánea de nuestra libertad sexual? O ¿“prestamos el cuerpo” para que el mercado nos moldee?

Los roles de género han cambiado en las parejas heterosexuales, si bien, en el caso de los hombres, hoy ya no existe la presión que hace 50 o 100 años de ser la cabeza y el sostén económico de la familia, quienes hemos hecho mayores ajustes en este sentido somos nosotras las mujeres. Sin embargo, esta evolución también nos ha significado una carga impositiva muy pesada: Ser mujer, ser madre, ser pareja, ser una persona competente laboralmente, ser sexualmente activa, ser “seca” en la cama, ser multi-orgásmica, todo esto como parte de un deber.

Como mujeres, necesitamos hacer una búsqueda personal para lograr estar conectadas con nuestra propia sexualidad y erotismo. Aplaudo a las nuevas generaciones que están pavimentando el camino hacia lo auténtico, porque ellas nos han permitido de a poco tomar conciencia de lo que está pasando en la realidad social y reflexionar sobre lo que suponemos es la libertad actual para mirar con desapego el pertenecer a este mundo comercial de cara a una nueva década.


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