Feminismo, una agenda abierta: "No queremos el poder, lo queremos compartir"

Con las resonancias del movimiento Me Too del 2017, este ha sido un año en el que la agenda feminista no ha podido evadirse en el debate público. Si tuviéramos que establecer cierta cronología, sin dudas las manifestaciones mundiales del 8 de marzo despertaron ese sentimiento en el que mujeres de toda edad, origen y creencia nos cohesionamos en torno a una misma premisa. "La revolución será feminista o no será" o "que todo el territorio se vuelva feminista" son las pancartas que se leían en las filas sin fin, elevadas por los brazos de tantas mujeres que marcharon ese día. Pero, ¿qué es eso que nos une tanto y hace que tantas, a pesar de nuestras diferencias, queramos abrazar la causa del feminismo?

Los movimientos de liberación de la mujer, aunque con distintos propósitos en lo concreto, históricamente han buscado transformar sus formas de socialización. El feminismo quiere cuestionar y modificar ese lugar subyugado a un otro –el hombre– que la mujer sufre en la familia, la política, la pareja y la educación. Así que fue que mujeres como las sufragistas han intentado hacer entender algo que hoy leí en una calle en Santiago: "el feminismo es equidad". En nuestro tiempo el feminismo ha basado su denuncia en quizás tres esferas principales: 1. "Ni una menos", que refiere a los casos de femicidios que sufrimos cada día; 2. Paridad en la vida pública, debate en el que seguimos participando a raíz de una posible nueva Constitución y 2. "La culpa no era mía", denuncias de violaciones y abusos que el colectivo "Lastesis" avivó con su intervención "Un violador en tu camino".

Esta última demanda, la plena instauración de la justicia hacia las mujeres violadas o abusadas, creo que nos abre una enorme dimensión en torno a lo que es ser mujer tanto en la esfera privada como pública. Según canta la protesta de "Lastesis", a nosotras se "nos juzga por nacer" y el castigo es la violencia que otros inicialmente no ven. El femicidio, la violación, la desaparición de las mujeres y la impunidad de quienes cometen los crímenes nos confirman que nuestra vida es sólo un aparato manejable por otro, por un hombre que, al maltratarnos, está confirmando su masculinidad. Es lo que plantea Rita Segato con su idea del "mandato de masculinidad" y que promueven "Lastesis": la violación no es un acto sexual, sino que de poder. El hombre necesita probar ante sí mismo y los otros hombres su propia masculinidad. Por eso es que Segato propone que el feminismo también beneficia a los hombres, pues los libera de esa prueba de potencia. Y es lo que, desde el 25 de noviembre, día contra la violencia de género, se canta ya en todo el mundo: "el violador eres tú", porque también soy yo quien viola cuando cuestiono a una víctima, cuando no la ayudo.

Entonces, ¿se trata el feminismo de un asunto de poder?, ¿queremos dar vuelta la tortilla? Sospecho que no. Este año el feminismo nos ha mostrado algo que por tanto tiempo nos ha costado alcanzar: la unión entre nosotras y entender que las riñas entre mujeres o  las peleas por quién es más feminista son asuntos propios de la masculinidad. No queremos competir, queremos una sociedad de personas tratadas por igual, queremos una agenda abierta a la variedad de voces y posibilidades que nos ofrece el vivir en sociedades múltiples. Sí, queremos participación en la esfera pública, posición en la que históricamente se nos ha negado estar. Pero también queremos cambios en el mundo privado. En los años ochenta el boom de la leche de fórmula le prometió a la mujer acceder al mundo del trabajo, a la vía pública, pero vemos ahora que muchas queremos también amamantar y estar más tiempo con nuestros hijos. ¿Es un retroceso? No necesariamente. Las mujeres reclamamos ahora por una corresponsabilidad en la crianza que se discuta políticamente y que no sea solamente un asunto que se resuelva de manera privada, familia a familia. Pero, si hemos sido las mujeres a quienes la conciliación trabajo-maternidad nos afecta más, es necesario que nos veamos más representadas en los lugares en los que se deciden estas políticas.

No queremos el poder, lo queremos compartir.


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