Un acuerdo femenino

Hace varios siglos atrás, una mujer llamada Hildegard von Bingen (1098-1179) daba testimonio de sus experiencias sobrenaturales con las siguientes palabras: "Yo pobrecita forma y recipiente de barro, digo esto, no de mí, sino desde la serena luz". Esa "pobrecita forma" era la femenina, un receptáculo que debía solamente transmitir, sin mediar, aquello que había recibido desde lo alto. En otras palabras, Hildegard estaba justificando su labor de escritora por ser mujer. Las implicaciones que ha significado la figura femenina durante la historia ya las conocemos: incitadora del mal, amada pasiva, monja, esposa.

Las revoluciones feministas de estos últimos tres siglos, sin embargo, fueron flexibilizando esa imagen y, junto a los logros sociales, también la figura arquetípica de lo femenino fue cambiando. Pero este año ya nos mostró que todavía queda mucho por conseguir y que, especialmente, faltaría algo fundamental: femenizar la vida pública, ese espacio que tanto nos ha costado poder habitar.

El escenario actual de nuestro país está, sin dudas, regido por imperativos masculinos, donde prima la dominación de los espacios, el uso de la fuerza, la ausencia de diálogo, de escucha. El poder no ha sabido responder al llamado de su pueblo por una vida mejor y ha preferido demostrar su hombría, midiendo quién tiene más fuerza.

Necesitamos una perspectiva feminista para afrontar esta crisis. Aquella que tiene claro, como dice la monja catalana Teresa Forcades que: "las mujeres y los varones hemos sido creados para establecer entre nosotros relaciones libres y recíprocas, sin sumisión ni dominio por parte de nadie" (21). Espero que, en ese sentido, el presidente pueda dialogar también con pensadoras notables que producen conocimiento por estos días y que nos abran a la perspectiva que nuestro tiempo y demandas necesitan.

 

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